Cuando me da por escribir #DeOtraManera …

LA ESTRELLA A TRAVÉS DEL GARAJE

Pablo tenía doce años, era un niño un tanto especial y diferente, y eso hacía que no fuera muy popular en el colegio.

Su pasión por la astronomía le llevaba a pasar días y días sumergido entre libros y documentales sobre el tema. Conocía el nombre de todas las estrellas y su posición exacta.

Cuando salía del colegio, iba corriendo a casa y tan pronto oscurecía, se pasaba las horas en el garaje, mirando a través de su telescopio cuidadosamente dirigido hacia una pequeña cristalera que había en el techo. “No hay nada más hermoso que un cielo cubierto de estrellas” se repetía continuamente.

Y es que Pablo lo tenía claro: había descubierto la estrella más brillante y bonita del mundo y tenía una peculiaridad que la hacía única: era de color púrpura. Era tan especial y destacaba tanto al lado de las demás, que Pablo no daba crédito a que nadie la hubiera descubierto antes. Era su tesoro, su secreto más oculto.

Un día, después de mucho pensarlo, llegó a la conclusión de que tenía que desvelar su secreto, porque era una estrella tan especial que la tenía que compartir con los demás.

Una mañana se levantó decidido a contarlo todo y reunió a todos sus amigos en el patio del colegio. Pero pronto notó que ningún niño le creía, que ninguno pensaba que pudiera existir una estrella de color púrpura, puesto que nadie más la había visto.

Pablo quería demostrarles que no mentía y se citó con sus amigos en el parque a las diez de la noche. Iba con su telescopio dispuesto a que todos pudieran disfrutar de su estrella y, de paso, a convertirse en el niño más popular de la escuela.

Pero la estrella púrpura no apareció por ningún lado. Por más que Pablo buscó y buscó, nadie puedo ver la estrella en el cielo del parque.

Todos los amigos empezaron a burlarse de él y Pablo, con lágrimas en los ojos, cogió su telescopio y salió corriendo a casa.

Estaba decepcionado y enfadado con las estrellas, sobretodo con la estrella púrpura.

Cuando llegó a casa se fue directamente al garaje, con la intención de guardar el telescopio para siempre y olvidarse de las estrellas. Pero antes quiso echar el último vistazo al cielo para despedirse.

Entre sollozos comenzó a mirar a través del telescopio cuidadosamente dirigido hacia la pequeña cristalera que había en el techo y ¡ahí estaba!. La estrella púrpura que minutos antes no aparecía por ningún rincón del cielo del parque, estaba ante sus ojos de nuevo, con su color vivo y reluciente.

¡Que pena que sus amigos no estuvieran ahora con él! Se darían cuenta de que no les había engañado, que la estrella púrpura existía y brillaba más que nunca.

Pero pasada la emoción de los primeros minutos, Pablo se dio cuenta de no entendía nada, se quedó bloqueado mirando detenidamente el techo del garaje hasta que se percató de que la cristalera no era totalmente transparente. Y entonces recordó que hacía unos años, su padre tuvo que restaurarla y reemplazó uno de los pequeños cristales transparentes, que se había roto días atrás por una fuerte tormenta, por uno de color púrpura. Justo a través del cual se podía ver esa maravillosa estrella.

Pablo soltó una carcajada, y después otra y otra. Ahora sabía porqué solo se podía ver la estrella a través del garaje.

Y es que, a veces, la realidad depende del cristal con el que se la mire.

 

Merche